lunes, 19 de febrero de 2018

La Ofrenda, de Gustavo Martín Garzo

La Ofrenda
Gustavo Martín Garzo
302 páginas
Galaxia Gutenberg, S.L.


Argumento:

Una enfermera responde a un anuncio para trabajar cuidado a una señora mayor en la isla de Madagascar. Al llegar allí descubre que la anciana esconde un alucinante secreto...


Comentario:


La novela está dividida en varias partes, cada una de ellas con un narrador distinto. En la primera, escrita en segunda persona, algo bastante insólito (aunque ya usado por varios autores, como Perec, por ejemplo), se nos cuenta la llegada de la protagonista a la isla y su toma de contacto con lo que allí hay. El recurso a la segunda persona provoca sensación de misterio y extrañeza, bastante adecuado a lo que se narra. También las descripciones, poéticas en ocasiones, contribuyen a armar esa ambientación que nos prepara para lo que parece una aventura fuera de lo común, exótica, casi irreal.

Después, continúa un diario (en primera persona, obviamente) donde la protagonista nos cuenta sus experiencias en la mansión de Rose, la señora que tiene que cuidar. Esta parte me ha recordado un poco a "Otra vuelta de Tuerca" de James, salvando las distancias, más que nada por el tono y por el carácter quizás dudoso y no fiable de la narradora que cree en la existencia de un hombre pez que ronda por el sistema de piscinas y canales de la casa.

La historia se desarrolla a lo largo de varias décadas, con un gran salto temporal al final que sirve como explicación de lo anterior.

La prosa, buena, con algunos resplandores líricos, logra crear una atmósfera adecuada, plena de incertidumbre, inquietud y misterio, aunque el autor tiende, en ciertas partes de la novela, a dispersarse con prolijas descripciones tanto de lugares como de hechos y de pensamientos, que recargan y ralentizan.

La trama, más sencilla de lo que parece, lleva en cierto modo a engaño, ya que el tema del hombre pez, a mi modo de ver, no es más que un simbolismo para hablar de otros temas. Siendo así, la resolución me ha parecido demasiado previsible, y el desarrollo algo plano.

Volviendo al simbolismo, el hecho de que el autor se recree tanto en los sentimientos, deseos y temores de la protagonista y sus relaciones con diversos hombres (del pasado y del presente), y el de que varios de sus relatos se revelen al  final como fantasías o hechos no del todo ciertos o dudosos, hace pensar en que el verdadero tema es cierta visión de la feminidad y su atracción problemática por la Bestia (lo masculino). De este modo se combina la acción, propia de una película de serie B (como El Monstruo de la Laguna Negra, o la mucho más reciente "La forma del agua" de Guillermo del Toro), con indagaciones en la psique femenina profunda, en las relaciones de dependencia, en el sentido del amor, usando el agua y la forma animalesca como metáforas.

Si hubiera sido más corto me habría gustado más, eso está claro. La dispersión y la reiteración  no ayudan a una lectura fluida. Ciertamente, el nivel literario está un poco por encima de otras propuestas, y desde luego, muy por encima de como hubiera sido si el autor llega a decantarse por un desarrollo o trama tipo bestseller, pero a veces se hace un poco pesado ver a la protagonista elucubrando sobre el supuesto hombre pez, los canales, las misteriosas construcciones, la torre secreta, los juegos con las naranjas y demás, una y otra vez.

En resumen, una lectura un tanto extraña, tanto por la temática como por sus simbolismos, con una prosa correcta, una atmósfera misteriosa lograda pero una trama endeble y que no ha terminado de convencerme (y no sé muy bien por qué, qué es lo que más me falla). Con todo, no es un mal libro.


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lunes, 12 de febrero de 2018

Con el traje de los domingos, de Bernice Rubens

T.O.: Sunday Best, 1971
Editorial: Alba, 2017
Colección: Rara Avis, 35
Traducción: Íñigo F. Lomana
192 páginas
18,50 €

Argumento:

George Verrey Smith, un maestro de cuarenta y dos años, casado durante diecisiete años con Joy, dedica los domingos a vestirse y maquillarse como una mujer.

Comentario:

Aunque la novela trata otros temas de importancia, como son el racismo, la pederastia,  lo malos tratos físicos y psicológicos dentro de la familia, la hipocresía social o el asesinato de un miembro de la comunidad, todos ocupan un lugar secundario, al servicio del retrato de la personalidad del protagonista, George Verrey Smith, dividida en tres partes, dos de ellas, de muy distinta longitud, narradas en primera persona por él mismo.

En su narración, definida por él como novela, y como confesión, George se dirige a un público que no concreta, para contarle los hechos ya sucedidos. Llama la atención este uso del  plural, no tan claro en inglés, así como la decisión de hablar de sí mismo en masculino, dadas las circunstancias, algo que se entiende tras leer la conclusión de la historia. Además, Verrey Smith no duda en mentir, ni en admitirlo, o que hace trampas, hablando de unas cosas para evitar otras. También se propone no mentar temas dolorosos, como la relación con su difunto progenitor, siendo incapaz de cumplirlo casi de una frase a la siguiente, obsesionado con lo ocurrido en su niñez.

La relación de George con ambos progenitores es recurrente a lo largo de la novela, desde los malos tratos físicos y psicológicos por parte de él, tanto al hijo como a la esposa, al fanatismo religioso de la madre, quizá como explicación a la tendencia del chico a vestirse de mujer, si bien el protagonista deja clara la intención de las palizas, sugiriendo que esta preferencia era anterior al «tratamiento»: «Haré de ti un hombre», me gritaba. Durante muchos años pensé que se lo decía a sí mismo. Hasta que me obligó por primera vez a darme esa ducha fría, mientras él iba y venía del jardín con las manos llenas de nieve para restregármela por el cuerpo. Y, cuando temblaba, me pegaba y me decía que parecía una mujer. Fue entonces cuando empecé a odiarlo.

Curiosamente, aun con los dramas familiares y la narración subjetiva, George resulta desagradable, y reconoce serlo, desde el desprecio a Joy, la esposa a quien ni ama ni respeta, hasta su carencia de empatía hacia vecinos y compañeros de trabajo (muchos le odian o desprecian), con situaciones a las que reacciona de formas entre absurdas y surrealistas, dando un toque de humor a la obra.

Especial interés y simbolismo tiene el último capítulo de la primera parte, en el que se celebra el funeral de un vecino y sirve a George para hacer su propia y emotiva ceremonia de reconciliación y entierro y comenzar una nueva vida: «Y, justo en ese instante, Verrey Smith murió dentro de mí y yo salí de la capilla anónimo y desconocido, pero en paz.»

Es en la segunda parte, relatada en tercera persona y protagonizada en su mayor parte por Emily Price, donde consigue cambiar la impresión  causada. Alternando los puntos de vista de Joy, destrozada tras la desaparición de George, al punto de descuidar la casa en su ausencia, el de un policía convencido de que Verrey Smith es el autor del asesinato del señor Parsons, uno de sus compañeros de trabajo, y el de la propia Emily, todo parece confabular para impedir que ella sea libre.

Si bien la trama policial es un aliciente más para continuar la lectura, deseando saber cómo se resolverá el enredo, lo más importante es el nacimiento y primeros pasos de una Emily insegura, tímida, asustada, en lucha con su otro yo, un George cuya ropa conserva e incluso se pone en ocasiones: «De pronto, se sintió doblemente atrapada. George Verrey Smith la había dejado atrapada dentro de Emily Price y esta, a su vez, lo había atrapado a él. No resultaría fácil escapar de ninguno de los dos.»

Emily es encantadora donde George es desagradable, empatiza con Joy donde su marido la desprecia, piensa y siente de modo distinto (femenino), es, de alguna manera, más humana, y hasta consigue que él resulte, al final, menos desagradable, por medio de esa difícil convivencia a la que están obligados.

En resumen, «Con el traje de los domingos» es una novela muy bien escrita y desarrollada, a veces sutil, profunda, intensa, con pasajes de un humor casi surrealista, que propicia la reflexión y a la empatía (¿quién no ha sufrido algún tipo lucha interior, incomprensión o rechazo social o personal?), el estudio psicológico de una persona que se siente confusa y necesitada de pagar por aquello de lo que se sabe culpable.


***T***


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lunes, 5 de febrero de 2018

El Origen del Mal, de José Carlos Somoza

 El origen del mal
José Carlos Somoza
355 páginas
Ediciones B

Argumento:

Un escritor recibe un manuscrito que narra la vida de Ángel, personaje que se declara muerto. Durante la lectura de las aventuras de Ángel en el Norte de África, el escritor se da cuenta de que hay algunas palabras subrayadas.

Comentario:

La última novela de JC Somoza se centra en la vida de un falangista devenido en espía al servicio de Franco en los territorios del norte de África que pertenecían o eran administrados por España, un lugar y temática frecuentado últimamente por los novelistas patrios.

Si bien la redacción es correcta, e incluso en algunos momentos el autor tiene algún destello de prosa lírica (y en otras partes, introduce un estilo más "experimental"), la novela no me ha gustado mucho. Con esto no digo que sea mala, ojo. Se trata más bien de un desencuentro entre lo que esperaba, dada la trayectoria del autor, y lo que realmente hay en la novela.

La historia, haciendo honor a su carácter de "manuscrito encontrado" (en este caso entregado a una persona), se basa más en la narración pura y dura que en los diálogos, lo cual puede hacerse pesado. El personaje principal, Ángel Carvajal, nos narra sus memorias en primera persona, como es lógico, intercalando solo de vez en cuando algún diálogo.

También, en algunos puntos, el escritor que lee el manuscrito detiene la lectura para introducir una trama de intriga al respecto de ciertas alteraciones que nota, como palabras subrayadas, o busca información sobre los personajes descritos en el libro. También se nos hacen alusiones a hechos de la actualidad, como un secuestro mencionado en la tele.

No puede decirse que Somoza no maneje bien la creación de intriga, usando tanto  la búsqueda del escritor como el propio manuscrito de Carvajal, quien, de un modo un tanto artificioso tratándose de unas memorias, hace clifhangers y mete anticipaciones del estilo de "esa era la noche en que me iban a matar", "no sabía que sería la última vez que tal y que cual", etc. Obviamente nadie que escriba sus memorias mete cliffhangers (no al menos de forma tan frecuente y tan estratéticamente situados)... aunque al efecto de intrigar al lector tal artificio funcione.

Así pues, la obra avanza con ritmo para mi gusto lento, más o menos coherente, pero bastante previsible en casi todo, hasta el desenlace, que es donde se desmadra la trama, cayendo en retorcimientos propios del culebrón, con unas situaciones nada creíbles, y unos "malos" (o antagonistas) que narran con pelos y señales lo que hicieron y cómo, creando "costuras" mal cerradas en la historia (¿Por qué se subrayaron las palabras? Respuesta: ni quien lo hizo lo sabe explicar de un modo satisfactorio) y generando la sensación de que ni el propio autor sabe justificar ciertos detalles, añadidos solo por su carácter novelesco y espectacular.

Aparte,  hay como una mezcolanza de temas y mensajes que no encajan muy bien unos con otros: conspiranoia, espionaje, venganzas personales... aunque el autor trata de vincularlos a fin de que las piezas formen un todo. Sin embargo, queda la sensación de que el final ha sido hecho un poco de modo forzado, como si faltara algo, algún capítulo o párrafos que ayudaran a clarificar cómo el escritor llega a las conclusiones que llega.

En suma, la novela resulta en exceso artificial en su argumento, o mejor dicho,  en su resolución y planteamiento (por no mencionar la arquetípica estructura utilizada), aunque la parte de la historia de Carvajal parece algo más creíble y documentada. Pensaba que habría algún toque de fantasía, pero no es así, claro que eso fue fallo mío.


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jueves, 1 de febrero de 2018

Solo las bestias, de Colin Niel

T.O.: Seules les bêtes, 2017
Editorial: Principal de los Libros, 2018
Colección; Noir, 1
Traducción: Isabel Fuentes
250 páginas
17 €

Argumento:

La desaparición de Évelyne Ducat propicia que varias personas (Alice, Joseph, Maribé, Armand y Michel) relaten la influencia, directa o indirecta, de este hecho sobre sus vidas.

Comentario:

Quizá, durante el primer tercio, puede dar la impresión de que la novela es aburrida y previsible, de que se intuyen algunas de las cosas que van a desvelarse más tarde e incluso de que el autor es algo «tramposo» dando voz a sus personajes, haciéndoles hablar de forma ambigua, imprecisa, hasta malinterpretando situaciones, con el fin de despistar (Si alguien empieza su intervención con un «Yo la maté» hace sospechar que, justo ese personaje, no lo hizo), aunque no se tarda mucho en percibir que va más allá de las apariencias.

En «Solo las bestias» no hay una investigación convencional, o al menos no se muestra, si bien varios de los personajes cuentan, casi de pasada, que en algún momento han hablado con el policía encargado del caso, Cédric Vigier. En realidad no se tarda más de una tercera parte de la novela en saber lo que le ha pasado a Évelyne, qué ha sido de ella y dónde termina, mientras que el resto se ocupa en averiguar el quién, cómo y por qué, y el cúmulo de circunstancias que lo propician.

Los relatos, a posteriori, de los personajes relacionados con la desaparición de Évelyne, todos en una primera persona que se diferencia más por las circunstancias de cada cual que por cómo están redactados los puntos de vista, aportan la información necesaria para reconstruir lo sucedido, siguiendo una estructura muy bien planificada, con pasajes en los que se apuntan hechos que se desarrollan y completan más tarde, enriqueciendo la historia.

Recursos como los antes mencionados (ambigüedades, imprecisiones), se suman a golpes de efecto al empezar y acabar intervenciones para crear el necesario interés e intriga sobre lo que ha pasado y, por lo general, funcionan con bastante precisión. Quizá hay algún punto de vista, como el de Armand, que se alarga y recrea en las explicaciones de algo que se entiende antes de que se cuente explícitamente. O esa frase final que se intuye antes de llegar a ella, tan coherente con los temas que, además del misterio, trata la novela.

Y es que, más interesantes que averiguar lo que hay tras la desaparición de Évelyne, aunque está relacionado, son las historias de los personajes que toman la palabra, lo que les impele a reaccionar de una u otra forma, el sentimiento de soledad que experimentan (subrayado por ese entorno rural en el que muchas personas viven sin contacto humano, solo con sus animales, en un entorno casi hostil, incomunicados por la nieve durante meses, casi un personaje más de la narración), la necesidad de compañía, de amor romántico, que se hace obsesiva, incluso enfermiza, una realidad distorsionada, en todos los casos (Alice y Joseph, Maribé y  Évelyne, Armand y Monique, Michel y Amandine).

En resumen, pese a la presencia de algunas erratas (palabras y comas que sobran o faltan a lo largo del texto), «Solo las bestias» es una novela que funciona a varios niveles. El primero, más superficial, como una novela de misterio bien planificada y estructurada, que mantiene la intriga casi hasta un final quizá excesivamente alargado. El segundo, de mayor profundidad, retrata la psicología de los personajes, propicia la empatía y deja un poso de reflexión y tristeza.


«Solo las bestias» ha obtenido los siguientes galardones:

Premio Polar del Quais du Polar 2017
Premio Polar Landerneau 2017
Premio Cabri d'Or 2017
Premio Goutte de Sang d'Encre 2017


***T***


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lunes, 29 de enero de 2018

Homo Lubitz, de Ricardo Menéndez Salmón

Homo Lubitz
Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral
239 páginas

Argumento:

Según la contraportada: "Richard O’Hara aguarda en un hotel de Shanghái la firma de un contrato entre el Gobierno de China y las farmacéuticas occidentales que lo convertirá en un hombre rico. Tras su estancia en Asia, recibe un extraño encargo: hallar el paisaje que aparece en una vieja fotografía. Obsesionado por esa imagen, emprenderá entonces un viaje alrededor del planeta en compañía de una mujer llamada Amanda. En este thriller vertiginoso, en el que los accidentes juegan un papel decisivo, los vampiros son coleccionistas de arte y el cineasta David Cronenberg explica cuál es el verdadero espíritu del siglo xxi, Ricardo Menéndez Salmón muestra su confianza en la ficción literaria como instrumento para interpretar nuestro mundo."


Comentario:

En primer lugar, hacer notar lo poco que encaja la descripción del argumento de la contraportada con lo que realmente contiene el libro. Lo del thriller vertiginoso es especialmente sangrante. Porque ni es thriller ni es vertiginoso. Bien, no voy a negar que cuando leí eso no me lo creí ni por un minuto, sabiendo quién era el autor.

 En efecto, la débil trama, por llamarla de algún  modo, es una mera excusa para enhebrar frases y párrafos "bonitos", en teoría artísticos, pero que, en general, no encierran un contenido real si se analizan. Todo eso podría tener un pase si buscamos el arte por el arte, la belleza por la belleza, la metáfora, etc, pero es que hasta en eso me parece que flojea con respecto a obras anteriores.

El título hace alusión a Andreas Lubitz, piloto tristemente famoso por haber estrellado un avión en los Alpes, y por el cual el protagonista parece sentir cierta fascinación. En realidad, se nos dice que le gustan los accidentes. Al final, también hay una película que narra el accidente de los Alpes, dirigida nada menos que por David Cronenberg, que hace una aparición estelar para darnos su visión del arte, la vida, etc.

Los personajes de esta novela tampoco tienen mucho fondo que digamos. El protagonista, O'Hara, tiene como misión poner una especie de vacuna a los chinos para eliminar su intolerancia a la lactosa (sí, tal cual), cosa que luego resulta formar parte del plan de un tal Control, cuyas disquisiciones sobre la vida eterna y la inmortalidad, nos hacen pensar en una especie de vampiro, aunque esto tampoco tiene relación con lo demás. Luego hay un viaje para buscar un paisaje de una fotografía o algo por el estilo, en compañía de una señora mayor llamada Amanda, cuyo sentido se me ha escapado.

Como dije antes, la trama es una excusa. El autor engarza reflexiones, parrafadas, descripciones... que no van a ningún lado. O quizás es que el sentido está tan escondido que no lo he visto. Me gustaría saber qué quiso expresar el autor con este libro. En algunos comentarios he leído que se trata de una "radiografía del hombre contemporáneo", pero de verdad, no lo he captado.

Eso sí, es tan breve que no se hace pesado, si es que uno se olvida del argumento y busca solo deleitarse con alguna frase o pasaje destacables, aunque estos no son tan abundantes como en otras novelas. De hecho, cuando lo comencé a leer pensé que, en verdad, RMS se había pasado al thriller, por el estilo de escritura. Sin embargo, conforme pasan las páginas se vuelve al estilo típico del autor (más diluido, me ha parecido)

En resumen, un libro difícil de valorar y seguramente muy bueno... si uno comprende lo que quiso decir el autor, pero un galimatías de elementos inconexos para todos los demás...


Algunos pasajes
Un sentido siempre complejo de acatar, y que apuntaba a satisfacer la vieja, reiterada, inexpugnable pregunta que también sólo a él correspondía responder: cómo llenar de motivos un tiempo sin pausa, cómo sobrevivir al tedio inenarrable de una vida sin final. En aquella labor de exhumación que no terminaba nunca, remontándose de época en época, hacia atrás en los almanaques como un cangrejo que invirtiera la flecha del tiempo para atrapar con sus pinzas no un omega de la restitución sino el alfa del reconocimiento, aquel pozo profundo aceptaba haberse escudado en alias de todo tipo, en climas tan variados como extremos, tras la máscara de lenguas tan ajenas entre sí como el urdu y el rumano, coetáneo de nombres que hoy eran mármoles imperecederos en los museos del asombro, los Alejandro y Constantino de cada ciclo humano, para regresar al misterio sin solución de cuándo el niño del desierto se convirtió, por obra y gracia de un suceso aberrante, celosamente oculto, de un don no presentido ni anhelado, otorgado sin causa ni disculpa, en el anciano sin edad condenado a no morir, a resistir cada impulso de demolición del tiempo y, con él, a padecer la inmortalidad de los afectos, el agravio más duradero.


El estreno mundial de El cielo se desploma tuvo lugar en el Lido de Venecia el día 1 de septiembre del año 2026. Fue la película escogida para inaugurar la edición número 83 de la Mostra. Vestido de negro, con su cabello plateado sobre la frente poderosa y despejada, su director, el canadiense David Cronenberg, mostraba un aspecto envidiable a sus ochenta y tres años. Pero se le veía irritado. La prensa había abucheado su trabajo. Los críticos de medio mundo habían abandonado la proyección aturdidos y enfadados. En el mejor de los casos, desconcertados.


Cronenberg manipuló el precinto de la botella de agua y al hacerlo salpicó la mesa, los papeles, el micrófono de la intérprete. No fue torpeza. Pareció nerviosismo. Si El cielo se desploma hubiera sido un éxito, la sala habría reído ante aquel acto fallido. Pero nadie se movió con simpatía en su asiento. Nadie se permitió un suspiro de placer ni de alivio. Nadie miró al director con benignidad a pesar de sus ochenta y tres años de edad y de sus magníficas obras, a pesar de lo que su trayectoria representaba para la historia del cine. Como si la rotura del precinto del agua fuera un mal augurio, un silencio incómodo y espeso se derramó entre el público. Mientras, la intérprete sonreía con fijeza de máscara. La risa tiraba de sus labios hasta regalarle una mueca triste, el rictus de una muñeca con la que nadie juega. Más de uno deseó que se pudiera rebobinar la escena. Que Cronenberg volviera a manipular con más tino la botella de plástico. Que el director y la intérprete volvieran a entrar en la sala. Que, piadosa y discretamente, El cielo se desploma nunca hubiera sido filmada.


La voz de Cronenberg expresó su convencimiento de que Andreas Lubitz era un síntoma. Y de que él, Cronenberg, había filmado síntomas durante toda su vida de cineasta. Síntomas del calvario y del éxtasis. Síntomas de la enfermedad y de la violencia. Síntomas de las nuevas parusías. La voz de Cronenberg puntualizó que Andreas Lubitz era el síntoma de una enfermedad que se llevaba gestando hacía muchísimo tiempo en el organismo occidental, largos años de ausencia y deterioro, una época espléndida y a la vez inocua. Ese síntoma, precisó la voz de Cronenberg, era la angustia ante el vacío. Cronenberg dijo que consideraba a Andreas Lubitz un enfermo de nihilismo, pero sin el cariz romántico de los primitivos nihilistas, los jóvenes rusos que se inmolaban en aras de un futuro mejor. No. Andreas Lubitz era un nihilista del narcisismo, un hombre débil y estúpido que quiso jugar a ser dios, cualquier dios, y que al poner en cuarentena los panteones nos hizo percibir la aterradora presencia del vacío. Un vacío tanto más implacable en la medida en que transparentaba un cúmulo de decisiones egoístas: falta de reconocimiento y éxito, deudas de dinero, la puesta en duda de una personalidad. La sala contenía el aliento. Venecia no estaba preparada para la filosofía. No el día 1 de septiembre del año 2026, con aquellas mujeres hermosísimas vistiendo trajes de diez mil dólares, con aquella suave luz enmarcando la Laguna como una joya imperecedera, con aquella procesión de inane esplendor que los actores, las actrices, su fama breve y brutal, la fama de los idiotas y de los muertos, irradiaba en torno suyo como flecos de un cometa que se desintegra. Por eso O’Hara sintió que Cronenberg hablaba sólo para él, que esa conversación había comenzado en una cafetería de Nueva York en marzo del año anterior, cuando en un ejemplar atrasado de Variety la noticia del rodaje de cierta película había llamado su atención.


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